Una Noche Sin Fin
¿Alguna vez has
escuchado un llanto desgarrador? Pues, yo sí. Es uno de los momentos que jamás
podré olvidar. Y me siento impotente al no haber podido hacer nada para
calmarlo. Pero ¿quién podría? ¿Qué se puede hacer contra la muerte? Nada. Sin
embargo, se pudo evitar y quizás nunca hubiera pasado.
Todo comenzó una noche, en la que
tuve que ir de emergencia al hospital porque mi bebé estaba con mucha fiebre y
no se le baja con nada. Angustiada y asustada, junto con mi esposo rápidamente
tomamos un taxi rumbo al hospital “Sergio E. Bernales”, que se encuentra en la
zona de Collique, en el distrito de Comas. Me supongo que todos en algún
momento habrán llegado a la zona de Emergencia de algún nosocomio, así que
deben saber que el panorama es triste, ya que llegan los casos más graves.
En fin, cuando llegamos y nos
disponíamos a ir a Pediatría, pude ver a muchas personas reunidas, todas
sollozaban y caí en la cuenta, que se trataba de una familia, que en ese
momento habían perdido a algún ser querido. Era una escena triste, un hombre se
arrodillaba y gritaba, los demás estaban tan dolidos que ni siquiera podían
levantarlo. Ustedes entenderán, que esas son las situaciones que se ven a
diario en los hospitales.
Así que tuve que continuar, con los
trámites para que atiendan mi hijo. Estaba yo en la sala de espera con mi bebé
en una camilla y de pronto veo entrar a un niño, de no más de 12 o 13 años, en
una silla de ruedas, totalmente golpeado y con rostro de dolor. Me quede
mirándolo, pensando en que le habría pasado. Él se quedó solo en una esquina,
sus familiares salieron diciéndole que ya le traerían noticias.
Todo transcurría lentamente,
ahora que lo pienso, había muchas personas, los niños lloraban, las madres
trataban de consolarlos, las enfermeras atendían a unos y otros. Hasta que de
pronto, entró una mujer con lágrimas en sus ojos y escuché un grito tan
desesperado, tan triste, tan fuerte, que estoy totalmente segura que a todas
las personas que nos encontrábamos ahí se nos congelo la sangre.
¡No! ¡Dime que no! ¡Está muerta!
¡Es mi culpa, todo es mi culpa! –era el niño que estaba en silla de ruedas. Era
su madre la que había muerto, eran ellos la familia que vi en la entrada
llorando, su padre era el hombre que arrodillado estaba llorando. Le dijeron
que no era verdad, que su madre estaba siendo examinada, que no sabían cómo
estaba. Que Dios era el que tenía la última palabra. Sin embargo, ya no había
nada que hacer.
En ese momento, en la sala de
espera de Pediatría, no se escuchaba ni siquiera la respiración de nadie. Me
mire con una mujer que estaba abrazando a su hija, con el rostro desencajado y
no atinamos a decir una sola palabra.
Al día siguiente, cuando ya había
regresado a casa, escuche una pequeña noticia en la televisión. En la que una
familia había sido atropellada por una moto taxi, cuando salían de un
restaurante. La madre del niño le había salvado la vida porque lo protegió del
impacto recibiendo todo el golpe de la moto y su padre aún se encontraba en
cuidados intensivos. El mototaxita que había sido detenido por la policía ya se
encontraba en libertad.
Así, una vez más, una familia
queda destrozada, un niño sé que quedarse sin madre, la ve morir. ¿Es eso
justo? ¿Cómo se puede vivir con eso y no decir nada? ¿Cómo puede liberarse a
quien acaba de matar a una persona?
Lamentablemente, esto es tan
frecuente pero ya tiene que parar, no podemos seguir viendo todos los días como
familias quedan destruidas por la irresponsabilidad, de personas que pareciera
que no les importan la vida de nadie, ni siquiera la de ellos.
Espero que esta historia sirva para generar
conciencia, que al estar tras el volante debes ser responsable, cuida tu vida,
no te expongas ni a ti y mucho menos a los demás.