jueves, 28 de septiembre de 2017

Una Noche Sin Fin

¿Alguna vez has escuchado un llanto desgarrador? Pues, yo sí. Es uno de los momentos que jamás podré olvidar. Y me siento impotente al no haber podido hacer nada para calmarlo. Pero ¿quién podría? ¿Qué se puede hacer contra la muerte? Nada. Sin embargo, se pudo evitar y quizás nunca hubiera pasado.

Todo comenzó una noche, en la que tuve que ir de emergencia al hospital porque mi bebé estaba con mucha fiebre y no se le baja con nada. Angustiada y asustada, junto con mi esposo rápidamente tomamos un taxi rumbo al hospital “Sergio E. Bernales”, que se encuentra en la zona de Collique, en el distrito de Comas. Me supongo que todos en algún momento habrán llegado a la zona de Emergencia de algún nosocomio, así que deben saber que el panorama es triste, ya que llegan los casos más graves.
En fin, cuando llegamos y nos disponíamos a ir a Pediatría, pude ver a muchas personas reunidas, todas sollozaban y caí en la cuenta, que se trataba de una familia, que en ese momento habían perdido a algún ser querido. Era una escena triste, un hombre se arrodillaba y gritaba, los demás estaban tan dolidos que ni siquiera podían levantarlo. Ustedes entenderán, que esas son las situaciones que se ven a diario en los hospitales.
Así que tuve que continuar, con los trámites para que atiendan mi hijo. Estaba yo en la sala de espera con mi bebé en una camilla y de pronto veo entrar a un niño, de no más de 12 o 13 años, en una silla de ruedas, totalmente golpeado y con rostro de dolor. Me quede mirándolo, pensando en que le habría pasado. Él se quedó solo en una esquina, sus familiares salieron diciéndole que ya le traerían noticias.
Todo transcurría lentamente, ahora que lo pienso, había muchas personas, los niños lloraban, las madres trataban de consolarlos, las enfermeras atendían a unos y otros. Hasta que de pronto, entró una mujer con lágrimas en sus ojos y escuché un grito tan desesperado, tan triste, tan fuerte, que estoy totalmente segura que a todas las personas que nos encontrábamos ahí se nos congelo la sangre.
¡No! ¡Dime que no! ¡Está muerta! ¡Es mi culpa, todo es mi culpa! –era el niño que estaba en silla de ruedas. Era su madre la que había muerto, eran ellos la familia que vi en la entrada llorando, su padre era el hombre que arrodillado estaba llorando. Le dijeron que no era verdad, que su madre estaba siendo examinada, que no sabían cómo estaba. Que Dios era el que tenía la última palabra. Sin embargo, ya no había nada que hacer.
En ese momento, en la sala de espera de Pediatría, no se escuchaba ni siquiera la respiración de nadie. Me mire con una mujer que estaba abrazando a su hija, con el rostro desencajado y no atinamos a decir una sola palabra.
Al día siguiente, cuando ya había regresado a casa, escuche una pequeña noticia en la televisión. En la que una familia había sido atropellada por una moto taxi, cuando salían de un restaurante. La madre del niño le había salvado la vida porque lo protegió del impacto recibiendo todo el golpe de la moto y su padre aún se encontraba en cuidados intensivos. El mototaxita que había sido detenido por la policía ya se encontraba en libertad.
Así, una vez más, una familia queda destrozada, un niño sé que quedarse sin madre, la ve morir. ¿Es eso justo? ¿Cómo se puede vivir con eso y no decir nada? ¿Cómo puede liberarse a quien acaba de matar a una persona?
Lamentablemente, esto es tan frecuente pero ya tiene que parar, no podemos seguir viendo todos los días como familias quedan destruidas por la irresponsabilidad, de personas que pareciera que no les importan la vida de nadie, ni siquiera la de ellos.
Espero que esta historia sirva para generar conciencia, que al estar tras el volante debes ser responsable, cuida tu vida, no te expongas ni a ti y mucho menos a los demás.